¿Son diferentes los hombres habaneros?

Domingo, julio 8, 2012

El hombre habanero posee un estilo muy personal, el que lo distingue de los de otras provincias cubanas.

Es elegante, vístase como se vista, y camina con una sabrosura típica del citadino. Y si entabla una conversación, cuídese, que convence a una ceiba de que es una palma real. El habanero es conversador, amigo de sus amigos, amoroso, cinéfilo, sensual, bailador, jugador de dominó y fanático del equipo de beisbol Industriales.

En los últimos tiempos practica más deporte, por las campañas de salud y porque la competencia masculina es fuerte en la capital.

Hablo de los habaneros, los legítimos, porque hoy viven en la capital millares de personas nacidas en provincias que emigran hacia esta bella ciudad atraídos por la posibilidad de un mejor desenvolvimiento personal y económico. Queda claro que después contraen matrimonio y se quedan a vivir en La Habana, pero enseguida se les reconocen por distintos detalles en su decir y hacer.

El habanero nato, ese que nació en una de las Maternidades capitalinas, brilla con luz propia en el conglomerado.

Casi siempre habla alto, parece que está peleando, pero no, y como le gusta tanto opinar, lo hace sobre cualquier tema, aunque carezca de los conocimientos precisos para salir airoso. El asunto es dar un parecer, ponerse en la “onda” de los acontecimientos. ¿y qué mejor lugar para ese que la calle, un parque y mejor aún una esquina?.

Es asombroso, cuando se camina por aglomeradas calles del centro capitalino, ver como los habaneros giran la cabeza cuando les pasa por al lado una bella mujer. En las provincias el gesto es más comedido y respetuoso.

También les gusta lucirse el cuerpo. Andan por las calles en short y sandalias, con desnudos pullovers o camisetas, como si vivieran en un balneario. O como si las buenas costumbres se las hubiera llevado el viento. Les encanta estar “en la última” de la moda, peinados de manera extravagante –en especial los más jóvenes- y siempre al tanto de lo que se usa en el extranjero.

Pero el hombre habanero tiene también muchas cualidades. Es solidario y amistoso. Nunca dicen no a quienes le piden socorro. Sea alguien perdido en busca de una dirección, o una mujer que hace malabares para subir en los siempre atestados bus: asumen los paquetes si las ven subiendo las escaleras del edificio donde viven y son de los primeros en acudir cuando hay un enfermo “por si hace falta ayuda”.

A los habaneros les gusta el sol, el aire, el mar, la libertad. Le gusta la calle y agruparse en los parques a discutir de cualquier cosa, lo mismo de política que de fútbol y les encanta demostrar a los demás cuanto conocen de la Liga de los Campeones y del Real Madrid. Vaya, que siempre andan “cazando” información. Para ello un sitio especial: el Malecón.

Al igual que la vía, le encantan las esquinas. En La Habana hay varias famosas y siempre están atestadas: la Esquina de Toyo, en el municipio 10 de octubre, el más populoso de la capital cubana; la de 23 y 12, donde el líder revolucionario Fidel Castro declaró el carácter socialista de la Revolución; la de Infanta y San Lázaro, donde antes de 1959 los estudiantes solían enfrentarse a los sicarios de Fulgencio Batista (1952/1959) y donde también funciona, hasta hoy, una conocida cafetería donde se venden ostiones y cerveza.

Siempre están repletas de personas también la Esquina de Tejas, donde se cruzan la avenida de Máximo Gómez, conocida popularmente como Monte, con la Calzada de 10 de octubre; la de Galiano y San Rafael, que pasó a la posteridad como la “esquina del pecado”, aunque el título, se lo llevaba con creces en la época la de Prado y Colón, entrada natural a la más famosa zona de tolerancia de La Habana.

Otra esquina célebre donde se reúnen grandes cantidades de personas es la de Prado y Neptuno, inmortalizada por la famosa pieza La Engañadora, acompasada con el cha cha chá, que en los años 50 creó el fallecido y célebre músico Enrique Jorrín.

Sin dudas, la más popular, en la actualidad, es la esquina de 23 y L, en El Vedado, donde comienza ¿o termina? La Rampa.

Es La Rampa, cuyas aceras están formadas por mosaicos que reproducen pinturas de famosos artistas de la plástica cubana, una vía de gran circulación popular y en la intersección de 23 y L confluyen, entre otros elementos de gran atractivo, el cine Yara, la heladería Copelia, y el Hotel Habana Libre, además de galerías de venta de libros.

Y por todos esos sitios andan los habaneros. Con sus problemas a cuestas, luchando a brazo partido por engrosar el salario; tratando de mantener el hogar, educar a hijas e hijos, buscando de manera colectiva un futuro mejor. Y así cada día de cada año.

Así son los hombres habaneros, viriles y valentones, amigos de sus amigos, y orgullosos de su ciudad, aunque esta carezca aún de suficientes reparaciones y pintura, se hayan arruinado lugares otrora famosos, y la suciedad se enseñoree en algunos barrios. El habanero pasa con su típico orgullo por encima de esos males que algún día se resolverán. Porque para el que nació en esta ciudad, señores, La Habana siempre será la más bella ciudad del mundo.

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Category: Identidad

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